martes, 3 de enero de 2012

La palabra que nace estéril, sin el ímpetu de una fuerza interior, termina por rodar entre barrizales y escombros. Lo que la hace impetuosa y robusta es el ardor con que se profiere, emanada de una convicción profunda, en un momento preciso y para una causa honesta y valiosa.
La primera, nombrada en este párrafo, es hija de la locuacidad y aridez de muchos diálogos entre foristas, zoombìes del facebook, en un acto vegetativo de hablar para silenciar la conciencia interior que clama a gritos decisiones y acciones diarias más productivas.
La palabra como ritual de grandilocuencia está asfixiada por la mediocridad de la vocinglerìa estúpida de generaciones enfermas. El acto creativo se ha reducido a exhibiciones de chatarra oxidada, como en un eructo pestilente que brota por bocas destempladas y voces sumidas en idioteces.
Cuando no se tiene algo trascendente para decir, ladramos. Cuando no prevalece la acción concreta en bien de la humanidad o por lo menos de sí mismo, cualquier espantapájaros es un hèroe

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